La macana, también conocida como “paño anudado gualaceño”, es una de las expresiones textiles más representativas del Ecuador. Declarada Patrimonio Cultural Inmaterial del país en 2015, esta prenda concentra siglos de conocimiento, identidad y trabajo manual que han sido preservados de generación en generación, en varias familias, en la ciudad de Gualaceo, provincia del Azuay, a 23 kilometros de la ciudad de Cuenca.
Su historia y su continuidad se resguardan hoy en la “Casa Museo de la Macana”, un espacio familiar que funciona como taller, archivo y lugar de transmisión del saber textil. Allí, la elaboración de la macana no se presenta como una pieza del pasado, sino como un oficio vivo que sigue practicándose día a día. La familia Jiménez dirige el lugar, donde Don José Jiménez, gestor para declarar esta obra ancestral como patrimonio nacional, es también parte de los 200 Grandes Maestros del Arte Popular de Iberoamérica, distinción que recibió en el 2017 por parte del Fondo Cultural Banamex de México.


Desde hace seis generaciones se reproduce este arte en la familia Jiménez, misma que ha sostenido durante décadas la preservación de esta técnica ancestral, convirtiendo el museo en un semillero de memoria cultural para nuevas generaciones. Es así como el hijo de Don José, Ismael Jiménez, evoluciona la macana tradicional hacia lo contemporáneo con su marca “Original Ikat”.
La confección de la macana se realiza mediante la técnica ancestral del “Ikat”, un proceso cien por ciento manual, que consiste en anudar los hilos antes del teñido para crear diseños tradicionales como: el colibrí, los danzantes, las mariposas y el tradicional “Kingo Arrishado”, término kichwa que se refiere a la mezcla de colores que no están definidos, y simboliza los senderos y caminos irregulares del páramo andino.


Los hilos se tiñen con pigmentos naturales obtenidos de plantas, minerales e insectos, como el añil, la cochinilla, el nogal andino o los líquenes. Cada pieza se teje en el telar de cintura Cañari, hilo por hilo, en un proceso que puede tardar desde varios días hasta meses, dependiendo de la complejidad del diseño.
Más allá de su valor estético, la macana ha tenido históricamente un profundo significado social y cultural, desde el apogeo de la cultura Cañari. Sus colores y patrones estuvieron ligados a momentos vitales como matrimonios, duelos o celebraciones, y actualmente forman parte esencial del vestuario tradicional de las cholas cuencanas. Este conocimiento no solo define una prenda, sino una forma de habitar los saberes tradicionales en la indumentaria y de transmitir identidad a través del hacer manual.


La macana representa un ejemplo claro de patrimonio vivo, un saber que sobrevive gracias al trabajo constante de familias artesanas y a la defensa de los procesos conscientes frente a la industrialización. Como nos señala Karla Paredes, directora creativa de WEYA, en una reflexión sobre este textil:
“La confección de esta prenda es una tradición centenaria que ha sido preservada por sus artesanos a través de métodos ancestrales de tejido, con los cuáles se ha elaborado el tradicional chal de las ‘cholas cuencanas’ hasta la actualidad. Su proceso representa una enseñanza heredada de generación en generación, que ha solventado por muchos años la economía de varias familias en la ciudad de Gualaceo en la provincia del Azuay.”


Proteger y visibilizar la macana es también proteger a quienes sostienen este oficio con sus manos y su tiempo. En un mundo que avanza con rapidez, este textil nos recuerda que hay saberes que solo pueden existir desde la paciencia, la memoria y el respeto por el origen.
Para WEYA, la macana es una manifestación de cómo el saber ancestral, cuando es respetado, puede convivir con el presente sin perder su esencia. Reconocer estos oficios y comprender el valor del proceso consciente es parte de nuestro propósito como ecosistema.


Fotos: Fernando Jara



